2009-11-28

¿Mora o Ramo?

Ya no quiero escribirte, Amor. Me he cansado hasta la fatiga por construir esta colosal torre en la cual te he guardado como si te tratases de una guirnalda de polvo estelar. Nada más una cosa deseo de tu divina rosa: cambiar de orden tus cuatro letras, agregarte unas o cambiártelas por otras, llamarte guitarra, chiste, palabrucha. Prefiero, mejor, quitarte la piel, Amor, desmoronarte y que sólo quede la idea de lo que debieses ser, que seas inombrable para que todos te conozcan a través del silencio. Quiero quemarte, Amor, tirarte desde las alturas, entre los nimbos como una ave de fuego precipitándose hacia la tierra madura, quiero que explotes tras tocar la plaza de las lenguas para que tus llamaradas alumbren la penumbra, para que pueda ver a los ojos los demonios que en tu vientre bailan rumba, mosca cínica que zumba. Serás fogata, fuego en danza, ronroneante panza, la entraña extraña, raída telaraña, alba o luz de la mañana, un horizonte tras el monte. Mamífero efímero y reptil de perejil, la sangre fría, un quien que huye del sol de día, los siete clavos en la cruz que nos guía, yo y mi obsesión por el fuego, yo y mis ansiadas cenizas en juego, yo que por la noche sin estrellas muero, yo que nada sé de una rima fina ni de lo que la prosa reboza, yo que le pido un beso al sexo, un nexo ileso, lo confieso. Con el milenario ojo que calma su sed hundido en el mar, quiero borrarte a ti y al verbo amar para que ya nadie me pida algo que no sé dar...

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